viernes, 4 de marzo de 2011

Recomendaciones para una buena escritura

De acuerdo con Carmen Galindo, la persona que tiene como trabajo redactar un texto debe percibirse como un artesano produciendo un objeto. El texto es el objeto del redactor. Tanto el artesano como quien escribe deben conocer –lo más profundamente posible- sus herramientas y la materia que deben vencer, ya que deberán hacerlo de una manera práctica, concreta.

A continuación se ofrecen algunas recomendaciones para una buena redacción tomando como base precisamente el conocimiento del lenguaje y de la palabra, que son la materia prima del redactor y, sustento de la gramática y el estilo.

  1. Uso de diccionarios.

La herramienta fundamental del redactor son los diccionarios. Consultarlos de manera constante es indispensable para moldear la materia del escritor que como ya se dijo, es la palabra. Existe una gran variedad de diccionarios:
a)      semánticos: donde aparecen las palabras y enlistados sus distintos significados.
b)      de uso: en vez de una definición, se ofrece frases en que se observan los modos de empleo de cada palabra.
c)      de sinónimos: como su nombre lo indica, enlistan los vocablos afines al que se busca y con ello se evita la repetición de palabras.
d)     de dudas del idioma: incluyen las principales dudas gramaticales que se presentan a la hora de redactar tales como la conjugación de los verbos irregulares, el uso de preposiciones, la ortografía de palabras provenientes de otros idiomas, gentilicios poco comunes y aun los barbarismos más frecuentes y su corrección.
e)      enciclopédicos: no dedicados al idioma, sino a conocimientos de orden general. Auxilian a resolver dudas sobre personajes y hechos históricos, datos geográficos, temas científicos y culturales.
f)       biográficos: además de proporcionar, por lo general en forma escueta, los principales acontecimientos vitales de un personaje, permiten verificar la ortografía correcta de nombres y apellidos. Suelen estar al día porque constantemente se reeditan, además de incluir personajes de la cultura popular, como actores de cine o deportistas, muchas veces no incluidos en los diccionarios enciclopédicos.
g)      de especialidades: sirven para consultar distintos temas por especialidad. Existen de filosofía, ciencia, historia, economía, literatura, psicología, administración, etc.




  1. Escribir, escribir y escribir.

Muchas veces se piensa que el arte de escribir es un privilegio para unas cuantas personas. Nada más falso. Lograr un texto correctamente escrito implica no sólo conocimiento sino dedicación y práctica; de esta forma si uno dispone de unos minutos diariamente para escribir lo que en ese momento se le ocurra, habrá iniciado el camino para lograr una buena redacción.

  1. No repetir vocablos.

Al contrario de lo que podría suponerse, en el momento de escribir, cuando más las necesitamos, contamos con menos y no con más palabras. Muchos términos que empleamos al hablar son soslayados por diversas razones: desconocemos su ortografía, tenemos dudas sobre su significado exacto o son más propios del habla que de la lengua escrita. Para los dos primeros problemas, ya se comentó que el diccionario es una valiosa herramienta para su solución. Pronto estaremos familiarizados tanto con la ortografía como con los significados de nuestro vocabulario habitual. El tercer problema atañe a cuestiones de gusto y hasta de personalidad; a algunos, les agradará acercarse a la lengua de todos los días; a otros, en cambio, preferirán una lengua menos cotidiana. Sin embargo, la necesidad permanece: no hay que repetir palabras. Este imperativo lleva a la siguiente recomendación.


  1. Leer

No hay mejor forma de ampliar nuestro léxico y de paso nuestro horizonte cultural que leer. Un poeta norteamericano acostumbraba colgar sobre su cama, como si fueran móviles, cartones con palabras y las cambiaba conforme se familiarizaba con ellas. Ésta es una vía; la otra, la única, es leer y de preferencia obras en español.


  1. No emplear sinónimos rebuscados.

Escribamos de modo que se nos entienda y más hoy en que la literatura es cada día menos escrita y más hablada. Siempre es válido el consejo del poeta Antonio Machado, a través de su imaginario profesor Juan de Mairena, de que la frase “los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa” se oye  y se entiende mejor cuando se traduce al lenguaje llano “Algo pasa en la calle”. Lo mismo opina de este otro ejemplo que llama de amplificación superflua: “Daréte el dulce fruto sazonado del peral en la rama ponderosa”, lo que obliga al otro a responder: “¿Quieres decir que me darás una pera?
De esta forma es necesario no olvidar que las palabras rebuscadas limitan el aprendizaje de la buena redacción.


  1. Adjetivar para orientar al lector.

Debemos comprometernos con el lector para que entienda el sentido de nuestro pensamiento, no podemos suponer que lo adivina sin siquiera insinuárselo. Si describimos la característica de un fenómeno, al lector le interesará saber si la consideramos buena o mala. En este sentido cuando redactamos por ejemplo la solicitud de un trabajo que nuestros alumnos han de entregar, es importante que en nuestro texto se incluya las características del mismo por medio de adjetivos explicativos (ensayo breve, resumen ilustrado, etc.); posesivos ( su ensayo, su calificación, mi compromiso); numerales (primer parcial, el tercio de su calificación).


  1. No prodigar los adverbios y cuando aparezcan colocarlos junto al verbo.

Los adverbios tienen la desventaja de que la mayoría acaban en ...mente. Si en dos oraciones seguidas hay dos adverbios, casi seguro se escuchará un sonsonete. Si no podemos evitarlos, aquí está el “remedio y el trapito”:  Evidentemente, claramente, inmediatamente y parcialmente, por citar cuatro ejemplos, se sustituyen por es evidente, con claridad, de inmediato, de modo o de manera parcial.
Cuando más de dos adverbios van juntos, sólo el último tiene la terminación en mente: clara e inmediatamente.
Como la función habitual del adverbio es modificar al verbo precisando las características de la acción, es conveniente colocarlo junto al verbo, al adjetivo o al adverbio que modifica. Por ejemplo, “mediante una detallada argumentación, concluyó acertadamente”, en vez de “concluyó, mediante una detallada argumentación, acertadamente”.


  1. Evitar las palabras vaga.

Es común el uso de palabras como cosa, especie, algo, para referirnos a objetos o situaciones que pueden precisarse en un texto. Cuando escribimos “en su declaración, el Presidente analizó, entre otras cosas, que la deuda externa obedece a...” demostramos que no sabemos a ciencia cierta cómo catalogar las tales cosas. En este ejemplo, es preferible escribir “en su declaración, el Presidente analizó, entre otras causas, que la deuda externa obedece a...” Hay ocasiones en que estas formas sí son indispensables en la escritura porque son parte del caudal del idioma, como en el título de la obra de Michel Foucault, Las palabras y las cosas, o en el de una película mexicana Algo flota sobre el agua, donde no podrían omitirse porque la generalidad (de las cosas) o la vaguedad (de algo) es el significado que se quiere comunicar. Sin embargo, deben sustituirse con términos más precisos en los casos en que el redactor, por flojera mental, deja indeterminado lo que percibe con vaguedad.


  1.  Evitar los verbos que sirven para todo.

Existen ciertos verbos que se emplean a manera de “comodines”, tales como: hacer, poner, decir, ser, estar, haber, tener, etc. Ciertamente, es correcto escribir “hizo un cuadro”, “hizo una escultura”, “hizo una película”, “hizo una novela”, “hizo una paella”; pero se gana en precisión cuando escribimos “pintó un cuadro”, dibujó una figura; talló, esculpió o modeló una escultura; filmó, actuó o dirigió una película; escribió una novela o cocinó una paella”. A veces basta con detenernos para observar si el verbo que utilizamos no cambia el significado de nuestro mensaje. En la frase “puso la jarra sobre la mesa”, el verbo poner está empleado en su significado directo, es imprescindible; en cambio, en la expresión “se puso a pensar”, el verbo está empleado no en su significado directo, sino figurado, vale decir está usado como auxiliar. Hay veces que lo que pretendemos decir es precisamente “se puso a pensar”, entonces, es obvio, dejémoslo así, pero la norma sigue en pie: no abusemos de los verbos “comodines”.


  1. No elegir las palabras por bonitas, sino por su significado.

Un texto plagado de palabras, bellas de por sí, pero que no vienen al caso, es una clara señal de inexperiencia al redactar. Debe elegirse cada palabra por su significado; no prodiguemos, entonces, espejismos, demiugos, dialéctica, sistémico, azogues, querubines y piedras preciosas ni adjetivos elogiosos o furibundos como espléndido, excelente, magistral, infame, criminal o canalla a no ser que el sentido, muy bien, meditado, lo justifique.


  1. No emplear tecnicismos innecesarios.

Utilizar la jerga del oficio deja fuera de la conversación al lector; sin embargo, en algunos casos los tecnicismos son indispensables; por ejemplo, no es lo mismo los capitalistas que los ricos, aunque la segunda palabra la entendemos todos. De ahí que los tecnicismos deban usarse, pero siempre explicando enseguida su significado. De lo que se deduce, también, que deben emplearse con parquedad.
Es importante no olvidar al lector a quien va dirigido nuestro texto, pues si hablamos de la redacción de las memorias de un congreso de médicos, resulta casi indispensable el uso de ciertos términos comunes al lenguaje de la medicina.


  1. No abusar de las siglas.

Muchas organizaciones sociales emplean siglas; el redactor debe escribir en la primera referencia el nombre completo, poner entre paréntesis las siglas y en el resto del texto emplear indistintamente las siglas o el nombre. Ejemplo: “Ayer se reunió la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE)”.


  1. La prosa no debe rimar.

En el texto suelen aparecer frases que riman de modo no deliberado. En particular la terminación en ón, por su frecuencia, suele aparecer tan cercana a otra semejante que el indeseable verso aparece a cada rato: “En ocasión de la conmemoración de la publicación de El son del corazón de Ramón López Velarde, la reflexión de un crítico literario fue...” En estos casos existen cinco posibilidades: cambiar, omitir, alejar, pluralizar o resignarse. “Con motivo de las conmemoraciones de la publicación del libro póstumo de López Velarde, titulado El son del corazón, un crítico literario escribió las siguientes reflexiones:...” Al corregir, se cambió “en ocasión” por “con motivo”; se omitió “Ramón”; se alejó “publicación” de “El son del corazón”; se pluralizaron “conmemoración” y “reflexión”; nos resignamos, admirativamente, respecto de “El son del corazón”, donde por cierto los sonidos reiterados constituyen un efecto intencional.


  1. Partir de un esquema.

Es de gran ayuda tener un esquema que, con menor o mayor detalle, trace una guía que debe seguir el texto. Esto evita perderse y, al asignar espacios a los puntos que se abordarán, le otorga estructura y equilibrio al escrito, y elude la desproporción.
Para elaborar el esquema es recomendable escribir todas las ideas que tenemos en mente con el objeto de seleccionar aquellas que parezcan más atractivas y, sobre todo, pertinentes.
Este esquema que puede ser de dos o tres puntos o que, si se trata de una investigación larga, es equivalente al índice del libro, tiene la característica de ser provisional y, por lo tanto, sufrirá cambios a consecuencia de que conforme avanza la investigación, resulta indispensable hacer pequeños ajustes.


  1. Hacer muchos, muchos borradores.

Uno es el esquema y otro, el borrador. La escritora norteamericana Mary McCarthy acostumbraba poner 1 500 páginas de un lado de su escritorio y otras 300 en el otro, lo que explicaba diciendo que era necesario arruinar las primeras para conseguir 300 bien pulidas. El borrador contiene las distintas versiones de nuestro texto, del cual, de una vez a la siguiente, cambiamos palabras, puntuación, orden de los párrafos y hasta enfoques.
Si alguien piensa que sólo los artistas deben escribir borradores, se le podría responder que si ellos, con todo su talento a cuestas, los escriben, con mayor razón cualquiera de nosotros.


  1. Releer lo escrito como si fuera otro el autor.

El primer escrito de un texto es el propio redactor. De hecho, una vez conseguido un primer borrador, las correcciones dependerán de la capacidad crítica de uno mismo. Esta tarea, sin embargo, se dificulta por la cercanía con el texto; es indispensable fortalecer la facultad de autocrítica creando distancia, leyéndonos con frialdad, desdoblándonos para leer lo escrito como si fuera de otro.
Ayuda, en esta tarea, leer en voz alta, pues se descubrirán defectos –de puntuación, de rima, de monotonía- que escapan a la lectura visual.


  1. Entrar directamente en materia.

Muchos textos comienzan por hablar de la economía mundial, luego abordan la de México y cuando llegan al tema de la industria de Tijuana ya malgastaron tiempo y espacio. Una vertiente particular de este error es que el autor trate de justificar por qué ha elegido o por qué tiene importancia este tema, cuando esta importancia tiene que demostrarse por sí misma u ocupar una cuantas líneas. Así, es indispensable entrar directamente en materia, pues de lo contrario se corre el riesgo de que cuando se llegue a lo central se acabó el tiempo, el espacio y hasta la paciencia del lector.


  1. No prodigar las frases adverbiales y conjuntivas.

Nos referimos a expresiones como: no obstante, mientras tanto, sin embargo, por un lado, por otra parte, además, en efecto, en realidad, etcétera. Son lazos de unión que en la mente del que escribe fingen la ilación del discurso. Aunque estas expresiones forman parte fundamental del idioma, hay que leer el texto terminado y si aparecen en exceso tachar aquellas que no son indispensables. Por esta vez la solución es sencilla: si no son estrictamente necesarias, sobran. Leamos nuestro texto terminado, si hay un además o un mientras tanto o por un lado que no quieren decir de modo exacto que hay algo además o que sucedió otro hecho mientras tanto o si hay por una parte y no hay por otra, quiere decir que debemos usar nuestra goma de borrar.


  1. Evitar párrafos estilo chorizo.

Como existe un gran terror de escribir, una vez que rompimos el hielo de la página en blanco no queremos enfrentarnos al punto y aparte, que aunque disminuido, reitera el primer enfrentamiento. Por eso, prodigamos las frases adverbiales y conjuntivas mencionadas en el párrafo anterior y nuestras oraciones se suman unas a otras unidas por expresiones como en efecto, en realidad, además, a pesar de todo, con el resultado de que nos queda una retahíla de oraciones como chorizos atadas con sus nudos de frases adverbiales. Pasar de un párrafo a otro requiere valor, no frases adverbiales y conjuntivas. Todavía peor es cuando el temor de iniciar un párrafo lleva a unir las oraciones por medio del proteico que. Tan común ha sido este defecto que incluso se le ha otorgado un nombre, el de queísmo. Un ejemplo: “Se requiere la formación de cuadros profesionales entre los campesinos que tomen en cuenta los avances que la economía ha desarrollado en las empresas colectivas agropecuarias y agroindustriales, que se enriquecerían con la experiencia de investigadores nacionales”. En este breve párrafo el lector duda si el primer que se refiere a los cuadros profesionales o a los campesinos, si el tercer que tiene como antecedente a los cuadros profesionales, a los campesinos o a las empresas colectivas.


  1. Alternar frases breves y largas.

Sin duda, las frases largas y breves están determinadas por lo que se quiera decir y no se puede recortar lo que de por sí es largo y alargar lo que requiere sólo de pocas palabras, pero dedicar atención en este sentido nos permitirá una combinación de frases breves y largas que mejoran el ritmo de la prosa.




  1. Párrafos breves.

Los expertos señalan que más de 12 líneas (de 65 golpes de máquina cada una) pierden la atención del lector, de ahí que los párrafos de los diarios tengan, por lo general, entre ocho y doce líneas como máximo. Sin embargo, debido a la mayor preparación de los lectores, las revistas especializadas soportan párrafos más largos y los libros, por su número de páginas, párrafos aún más extensos. Sobre todo si se comienza a escribir, son preferibles los párrafos breves, aunque no debe caerse en el extremo contrario de quienes prodigan los puntos y aparte al grado de simular un telegrama de frases sueltas, sin ilación.

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